El “moísmo” y Trece rosas rojas

Ante la apología del crimen, lo único que me sale hoy es repetirme.rosa

La historia que os traigo es triste. Pero triste de verdad. Hace un par de años ya leí Trece rosas rojas, un emotivo libro de Carlos Fonseca acerca de trece jóvenes, muy jóvenes muchachas madrileñas (siete de ellas eran menores de edad), que, acusadas de ‘rojas’ en una caricatura de juicio, fueron fusiladas en la madrugada del 5 de agosto de 1939 contra las tapias del cementerio Este de Madrid. Carmen Barrero, veinte años. Martina Barroso, 24. Blanca Brisac, 29. Pilar Bueno, 27. Julia Conesa, 19. Adelina García, 19. Elena Gil, 20. Virtudes González, 18. Ana López, 21. Joaquina Laffite, 23. Dionisia Manzanero, 20. Victoria Muñoz, 18. Luisa Rodríguez, 18. He elegido a Blanca Brisac. Tenía un hijo de once años. Ella era pianista y su marido, Enrique García Mazas (35 años) era violinista. Él fue fusilado la misma noche que ella. Ninguno de los dos era militante de ningún partido. Pero él era amigo de un militante comunista. La noche en que se la llevaban al último paseo escribió una carta a su hijo Enrique, que la conserva hoy. La metió en un sobre azul en el que ponía: “para entregar a mi hijo Enrique García Brisac en el día y hora que se crea conveniente”. Ésta es:

“Querido, muy querido hijo de mi alma. En estos últimos momentos tu madre piensa en ti. Sólo pienso en mi niñito de mi corazón que es un hombre, un hombrecito, y sabrá ser todo lo digno que fueron sus padres. Perdóname, hijo mío, si alguna vez he obrado mal contigo. Olvídalo, hijo, no me recuerdes así, y ya sabes que bien pesarosa estoy. Voy a morir con la cabeza alta. Sólo por ser buena: tú mejor que nadie lo sabes, Quique mío. Sólo te pido que seas muy bueno, muy bueno siempre. Que quieras a todos y que no guardes nunca rencor a los que dieron muerte a tus padres, eso nunca. Las personas buenas no guardan rencor y tú tienes que ser un hombre bueno, trabajador. Sigue el ejemplo de tu papachín. ¿Verdad, hijo, que en mi última hora me lo prometes? Quédate con mi adorada Cuca y sé siempre para ella y mis hermanas un hijo. El día de mañana, vela por ellas cuando sean viejitas. Hazte el deber de velar por ellas cuando seas un hombre. No te digo más. Tu padre y yo vamos a la muerte orgullosos. No sé si tu padre habrá confesado y comulgado, pues yo no lo veré hasta mi presencia en el piquete. Yo sí lo he hecho. Enrique, que no se borre nunca el recuerdo de tus padres. Que te hagan hacer la comunión, pero bien preparado, tan bien cimentada la religión como me la enseñaron a mí. Te seguiría escribiendo hasta el mismo momento, pero tengo que despedirme de todos. Hijo, hijo, hasta la eternidad. Recibe después de una infinidad de besos el beso eterno de tu madre. Blanca. Pd.: Te envío, hijo, una de mis trenzas. Guarda mi libro de misa y una pajarita que te envío, y mis medallas.”

Acabo con un nudo en la garganta.

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Un pensamiento en “El “moísmo” y Trece rosas rojas

  1. Ese sr. M. no merece más que desprecio; en cuanto a las muchachas… fueron jóvenes idealistas como muchos, o como pocos, no sé, pienso en mi hija -24 años- y su círculo de amigos, que , pese a ser muy grande, son una gota en el monto de los 42 millones de españoles.
    Besos y calentito verano el que tenemos. PAQUITA

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